TERCER DOMINGO DE SAN JOSÉ
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| La Circuncisión de Cristo Peter Paul Rubens |
Ofrecimiento
¡Glorioso Patriarca San José!
Venimos a consagrarte estos siete domingos,
meditando en ellos «tus dolores y gozos».
Te ofrecemos nuestro corazón
recíbelo y hazlo semejante al tuyo,
para que todos los días de nuestra vida
te sean agradables y merezcan
las bendiciones de Jesús y de María.
Amén.
Tercer Dolor y Gozo
Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidar al niño, le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción.
San Lucas (2,21)
Reflexión
Después del nacimiento de Jesús, José se afanó en buscar una casa o una habitación para su familia donde vivir de modo normal y estable. Y a esto debió dedicarse los siguientes días, además de procurar el sustento familiar. María, que quería muchísimo a su esposo, tenía una confianza enorme en que José solucionaría los problemas familiares, con la ayuda de Dios.
A los ocho días del nacimiento del Niño le circuncidaron (Lc, 2, 21) y le pusieron por nombre Jesús, según le había anunciado el ángel en sueños a José (“y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados” Mt, 1, 21).
De este modo es como José vio derramar la primera gota de sangre del Redentor y tuvo pena por él, le dio un salto su corazón. Su dolor cambió en gozo cuando le pusieron por nombre Jesús, como el ángel le había anunciado.
¿Cómo vivió José las primeras semanas después del nacimiento? A pesar de lo que había visto y oído de Jesús en ocasión de su nacimiento(los pastores, los Reyes Magos…), no esperó José a que los ángeles o el mismo Dios le vinieran a resolver los problemas. Acentuó su iniciativa personal, y confiando en Dios.
Aprendió que para seguir a Dios no es necesario hacer cosas extraordinarias, ni esperar que las soluciones a los obstáculos bajen del cielo. A Dios rogando y con el mazo dando, dice el refrán.
El Evangelio nos presenta a José de Nazaret como un hombre del pueblo, con la cabeza muy bien amueblada y nada atolondrado. Si había que hacer una cosa la hacía sin remilgos, aunque tal vez no lo entendiera, como el viaje a Belén, o la huida a Egipto.
Hacía una cosa y después otra, sin dejar nada al azar porque era perfecto conocedor de la vocación o misión que Dios le había encomendado.
Es seguro que José era un hombre amable, cariñoso, servicial. Se había enamorado de María profundamente, con la delicadeza de quien conoce bien la naturaleza y la idiosincrasia femenina, al tiempo que recibía con agradecimiento y de corazón los detalles de amor que le preparaba su esposa.
Estos detalles pueden encontrarse en cualquier pequeñez de la vida diaria, desde una sonrisa, una mirada cariñosa, comprender que el esposo/a tiene sed, perdonar, ayudar al descanso tras un día de fatiga…O sea, vivir para el otro.
María de Nazaret amaba tanto a su esposo que vivía para él, con muchos detalles diarios para agradarle, compartiendo sus penas y viviendo con gran gozo sus alegrías. La familia de Nazaret era una familia alegre. ¿Podía ser de otra manera?
Nosotros vamos entrando despacito en este hogar que forman Jesús, María y José y comprenderemos muchas cosas de la vida de familia, y pediremos a José que nos deje jugar un poquito con el Niño.
Glorioso San José, cumplidor obediente de la Ley de Dios. La Sangre preciosa derramada por Jesús en la circuncisión te traspasó el corazón; pero el nombre de «Jesús» que se le impuso, te llenó de consuelo.
Por este dolor y gozo te suplicamos que nos hagas sentir tu paternal mirada sobre nosotros, guíanos hacia el Señor y haz que no seamos cristianos de escaparate, sino de los que saben mancharse las manos para construir con Jesucristo su Reino de amor, de alegría y de paz.
Después rezamos PADRENUESTRO, AVEMARÍA y GLORIA.



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