SEGUNDO DOMINGO DE SAN JOSÉ
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| San José y el Niño Jesús José de Ribera (Museo del Prado) |
Ofrecimiento
¡Glorioso Patriarca San José!
Venimos a consagrarte estos siete domingos,
meditando en ellos «tus dolores y gozos».
Te ofrecemos nuestro corazón
recíbelo y hazlo semejante al tuyo,
para que todos los días de nuestra vida
te sean agradables y merezcan
las bendiciones de Jesús y de María.
Amén.
Segundo Dolor y Gozo
Y sucedió que a María le llegó tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había stio para ellos en la posada. En aquella misma región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre, velando por turno su rebaño. De repente un ángel se les presentó y, en torno a él, apareció una legión del ejército celestial que alababa a Dios diciendo: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.
San Lucas (2,6.8.14)
Reflexión
En este segundo domingo, el Evangelio de San José nos lleva al nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios. El nacimiento de Jesús fue accidentado. Nos dice el evangelio de Lucas (Lc, 2, 1-9) que estando María encinta, al final de su embarazo, una Ley del César de Roma obligó a que se censaran todos los ciudadanos del Imperio Romano, cada uno a su ciudad de origen. José, como hijo de David, tuvo que desplazarse desde Nazaret –donde vivía desde que volvió de Egipto– a Belén, que se encuentra a unos 160 kilómetros al sur.
El viaje realmente era duro, pues debían recorrer esa distancia con su esposa María encinta de ocho meses. Al llegar a Belén nadie les acogió: no había sitio en la posada, nos informa el Evangelio, ni nadie les dio cobijo. Y llegado el momento del parto, María tuvo a su Hijo en un establo. El Hijo del Hombre, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, quiso nacer en un pesebre, con una pobreza total.
María y José estaban tan unidos a la voluntad de Dios que aceptaron su situación, a pesar de no comprender mucho. Debió ser un gran dolor para José. Como cabeza de familia aquello suponía un gran fracaso, pero Dios es imprevisible. José empieza a conocer el paso de Dios que no coincide con el de los hombres.
Después de este dolor vino el gran gozo de José y de María al ver y escuchar a los ángeles cantando: “Gloria a Dios en las alturas y en la Tierra paz a los hombres de buena voluntad”. Y vinieron los pastores a adorar el Niño y José se lo mostraría con la ilusión de un padre.
¡Cuánta bondad la de José conmigo! Me enseña al Niño y yo lo cojo y le beso y, de paso, miro a María, la Madre de Misericordia.
Pasamos este segundo domingo meditando la pena y el gran gozo de José en el nacimiento del Mesías Salvador del mundo. ¡Nada fue fácil para san José!
Después rezamos PADRENUESTRO, AVEMARÍA y GLORIA.



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