CUARTO DOMINGO DE SAN JOSÉ

La Presentación de Jesús en el Templo

Francisco Rizi


 

Ofrecimiento

 

¡Glorioso Patriarca San José!

Venimos a consagrarte estos siete domingos,

meditando en ellos «tus dolores y gozos».

Te ofrecemos nuestro corazón

recíbelo y hazlo semejante al tuyo,

para que todos los días de nuestra vida

te sean agradables y merezcan 

las bendiciones de Jesús y de María. 

Amén.


Cuarto Dolor y Gozo

Simeón bendijo a Dios diciendo: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz. Porque mis ojos han visto a tu salvador, a quien has presentado ante todos los pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel». Después dijo a María: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como un signo de contradicción – y a ti misma una espada te traspasará el alma– para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones"

San Lucas (2,29-35)


Reflexión

Después de la Anunciación del ángel a María, la tradición cristiana ha identificado una anunciación similar a José: «Hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,20-21). El santo patriarca estuvo «siempre dispuesto a hacer la voluntad de Dios manifestada en su ley y a través de los cuatro sueños que tuvo»[1]. El hecho de que José haya escuchado los designios divinos mientras dormía, y los haya puesto rápidamente en práctica, nos habla de su sintonía permanente con Dios; es una manifestación de que la vida contemplativa nos lleva normalmente a descubrir los planes buenos del Padre y a querer asociarnos a ellos de manera magnánima. Este modo de proceder es el fundamento de la obediencia al Señor. De hecho, la palabra «obedecer» viene justamente de esa capacidad de escucha –ob audire–, de esa capacidad de oír de manera inteligente lo que otro tiene que decirme; en este caso, es Dios quien introduce a José en la grandeza de su obra misericordiosa de salvación.

Por eso, la obediencia está muy lejos del cumplimiento ciego. Un requisito para obedecer, en toda su riqueza, es saber escuchar, tener el espíritu abierto; solo el que piensa puede ser obediente. San Josemaría reflexionaba en estos términos durante una homilía del año 1963: «La fe de José no vacila, su obediencia es siempre estricta y rápida. Para comprender mejor esta lección que nos da aquí el Santo Patriarca, es bueno que consideremos que su fe es activa, y que su docilidad no presenta la actitud de la obediencia de quien se deja arrastrar por los acontecimientos. Porque la fe cristiana es lo más opuesto al conformismo, o a la falta de actividad y de energía interiores. José se abandonó sin reservas en las manos de Dios, pero nunca rehusó reflexionar sobre los acontecimientos, y así pudo alcanzar del Señor ese grado de inteligencia de las obras de Dios, que es la verdadera sabiduría»[2].

En las páginas del Antiguo Testamento encontramos varias veces que Dios habla en sueños; sucede, por ejemplo, con Adán, Jacob o Samuel. Son testimonios de personas que han querido estar en constante diálogo divino, han dejado que Dios les hablase en todas las circunstancias. Y esos sueños son también una muestra de que, a través de la auténtica obediencia, podremos captar nuevas dimensiones de la existencia, nuevos nombres, lugares y planes.


Glorioso San José, cumplidor fiel de los planes de Dios. Grande fue tu dolor al saber por la profecía de Simeón, que Jesús y María estaban destinados a padecer, mas este dolor se convirtió en gozo al conocer que esos padecimientos serían causa de salvación para los hombres.

Por este dolor y gozo y por los méritos de Jesús y de María, te rogamos nos alcances la gracia de trabajar sin cansancio en el sueño misionero de llevar a todos los hombres la alegría del Evangelio.

Después rezamos PADRENUESTRO, AVEMARÍA y GLORIA.

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